Machosfera y discursos antifeministas: así impactan en nuestra vida personal

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23 Sep 2025

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La machosfera ya no es solo online: sus discursos de odio llegan a familias, amistades y aulas. Cómo reconocerlo y poner límites para proteger tu energía.

Durante mucho tiempo pensamos que los discursos de la llamada machosfera —ese conglomerado de foros, influencers y comunidades online que difunden mensajes antifeministas— quedaban confinados al mundo digital. Un lugar ajeno, ruidoso, pero separado de lo cotidiano.

La realidad es más dura: esos mensajes ya no se quedan en 4chan, Reddit o Forocoches. Tampoco se limitan a podcasts de supuestos gurús que venden recetas de “masculinidad verdadera”. Hoy se cuelan en las sobremesas familiares, en las conversaciones de pareja, en grupos de amistades, en los despachos de las instituciones.

Lo digo porque lo he vivido. Y porque cada vez somos más quienes reconocemos la incomodidad de escuchar en boca de alguien querido frases que no nacen de la reflexión propia, sino del eco de esos espacios de odio.

Del meme al comentario en la sobremesa

“No soy machista ni feminista, yo soy normal.”
“Ojalá te dedicaras a algo serio y no a esas mamarrachadas.”
“¿Por qué tienen que dar subvenciones a mujeres o al colectivo LGBTIQA+. No querían igualdad?”

Todas estas frases me las he encontrado en lo personal. Y lo más revelador es que se repiten de forma casi calcada a lo que circula en la machosfera. Es decir: no son opiniones espontáneas, son consignas interiorizadas.

El salto del meme al comentario de sobremesa demuestra que el impacto de estos discursos no es anecdótico. Está moldeando relaciones cotidianas y generando grietas en espacios donde debería primar el respeto.

Polarización que duele

La polarización actual no se queda en titulares políticos: también habita en lo íntimo. Puedes haber acompañado a una persona durante años y descubrir que, de repente, ha asumido como propios los discursos que niegan la violencia de género o que desacreditan las políticas de igualdad.

Y aquí aparece la paradoja: la persona que repite estas frases suele carecer de la mínima información. No ha leído informes, no ha acudido a una charla, no maneja datos. Habla desde una ignorancia convertida en certeza. Y al hacerlo, no quiere debatir: busca incomodar, provocar, minar tu energía.

No todo es sobre mesas familiares

Ese “cuñado” —que ya no es solo figura familiar— también puede ser:

  • Un compañero de departamento en un instituto que menosprecia tu papel como agente de igualdad.

  • Un técnico en un ayuntamiento que desacredita tu área de trabajo como técnica de igualdad.

  • Un colega de partido político que, incluso desde la izquierda, repite eslóganes que niegan las políticas de igualdad.

El problema es estructural: la machosfera encuentra altavoces en cada rincón. Y uno de los más potentes es el mundo de los videojuegos, donde insultos y acoso hacia chicas se normalizan como parte de la partida o la comunidad gamer.

La importancia de poner límites

Aquí entra una reflexión personal: no podemos vivir en modo pedagogía 24/7. Explicar una y otra vez lo mismo a quien no escucha es desgastante. Termina drenando tu energía.

Por eso, aunque duela, a veces hay que decir “hasta aquí”. Poner límites no significa siempre romper con la persona (a veces sí), significa cuidar de ti. Reconocer que tu energía es valiosa y que debe invertirse en lo que genera cambio, no en lo que se empeña en negarlo.

No se trata de callar frente al odio, sino de elegir cuándo hablar y dónde hacerlo, para que nuestras voces no se pierdan en un vacío que no quiere escuchar. Y a veces también hay que dejar personas en el camino.

Lo que está en juego

Lo que se juega en todo esto es mucho más que una conversación incómoda.

  • Es la confianza de adolescentes que descubren que en un videojuego su voz es ridiculizada.

  • Es la legitimidad de políticas que garantizan derechos básicos.

  • Es la posibilidad de construir espacios personales y colectivos donde la igualdad, la diversidad y la inclusión sean realidades, no consignas vacías.

La machosfera no es solo un fenómeno digital: es una amenaza cultural que erosiona vínculos y condiciona nuestro futuro.

Conclusión: elegir dónde ponemos la energía

De lo personal a lo político, hay una línea invisible que atraviesa nuestras vidas. Cada vez que respondemos a la provocación consciente, corremos el riesgo de desgastarnos. Pero cada vez que decidimos poner límites y seguir construyendo en otros espacios, damos un paso hacia adelante.

Yo he aprendido que no todo merece respuesta. Que no todo merece energía. Y que decir “no” también es una forma de resistencia.

Porque al final, lo que importa es seguir dedicándonos en cuerpo y alma a lo que sí transforma: acompañar a peques y adolescentes para que crezcan en entornos donde la igualdad, la diversidad y la inclusión no sean aspiraciones, sino realidades palpables, y en el camino cuidarnos a nosotras mismas.

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